lunes, 12 de junio de 2017

Paseos por Florencia.


La inspiración reposa en la tumba de los artistas. 

El síndrome de Stendhal es una escalera estrecha,
sudorosa y caleidoscópica que nunca acaba.

Los tejados bermejos y vetustos
que ofrece el vértigo de Brunelleschi. 

Las contraventanas abiertas al calor seco y alfombrado 
de una calle mal empedrada,
por la que pasa un cojo limosnero
toreando el ansioso pitido de los coches eléctricos. 

Y los cristianos con sus espadas relucientes al sol,
rezando una letanía falsa e inmodesta. 

Y los moros vendiendo baratijas luminosas y voladoras,
surtiendo de cerveza fría a los borrachos como yo. 

La niebla de incienso que sale de los templos
y adormece al camarero que dispensa helados de colores. 

María Magdalena entra repintada en la tabaccheria
dispuesta a envilecer de humo a sus amantes. 

Las palomas se alimentan de los bordes de las pizzas
que los turistas tiran al suelo mientras hacen una cola
más larga que la infumable comedia que hizo del italiano 
un idioma digno de la diosa literatura. 

Miríadas de turistas persiguiendo el cartel sostenido por un guía,
todos con su palo selfie y su postureo,
viendo la vida a través de las pantallas de sus teléfonos. 

No hay mayores prisioneros que los que dejó Miguel Ángel
a mitad de camino entre el arte y el limbo del mármol arañado. 

La pose miedosa de un David
que envidia a su invisible enemigo,
pues él no tiene que aguantar
a las muchachas haciendo mofa con su miembro. 

Perseo manchando la piazza della Signoria
con la broncínea sangre de Medusa. 

El sastre que viste con igual esmero
al modelo, a la policia y al mafioso. 

El letrero de Martini anuncia otra noche
etílica, ruidosa, pecadora. 

Pintores callejeros fabrican postales miniaturistas
de los rincones más manoseados de la ciudad. 

Los camellos de la Piazza Santo Spirito
comparten su calzone 
con una china extraviada. 

Hoteles rancios de luces fundidas,
con olor a moqueta hinchada
y papel mohíno en las paredes. 

El joyero que talla una brillante joya
en un cuchitril del puente Vecchio. 

Botticelli espera a la primavera 
pidiendo otra ronda en el bar. 
" ¡Ay Simonetta! Eterna belleza desnuda,
mirando atónita a la agobiante plebe
tras un cristal a prueba de idioteces."

Yo paseo entre la amalgama de idiomas
apuntando palabras en mi libreta verde. 
Las escenas acontecen como a través 
de una cristalera del quattrocento. 

La inspiración llora en la tumba de los artistas. 


       Marcos H. Herrero. 


                 Tomando café en la plaza del Duomo. 


domingo, 21 de mayo de 2017

De recuerdos y despedidas.





Son las 8 de la mañana y huele a tierra mojada. El cielo tiene la cara sucia, triste, como aguantando un llanto de tormenta. Desayuno lo de siempre, té y cacao con grumos, en la ducha mi mente ya empieza a barruntar la derrota. Hoy puede ser un gran día. Salgo de casa con sonrisa radiante, saludo en el ascensor al vecino somnoliento que sale a pasear con su chihuahua gritón en brazos. Muy buenos días tenga usted. Y el perro enano con cara de a este le pasa algo. Soy yo el que abre la puerta del portal cediéndoles el paso a la mañana nublada. 

En la calle un chirimiri ablanda mi gomina chulesca, mi camisa blanca con ribetes rojos de las grandes ocasiones. El reloj corre endemoniado, la arena se desliza veloz hacia el depósito triangular de abajo, llenándolo de sequedad, produciendo un retraso en mi cita con la derrota. Abandono esta ciudad, ya de mediodía, demasiado pequeña para albergar semejante fracaso. 

Desde Guadarrama se ve la nieve que aún guarda las montañas, el frío que baja de ellas es tenue, extemporáneo, evoca el primer día que confundido pasé por aquí. Sería un invierno tardío de carretera congelada, todo era blanco y resbaladizo, ese día ¿recuerdas? Fabriqué unas décimas al invierno:

La nieve es una fría mañana 
que embellece cualquier postal,
blanca corriente golpea la ventana,
gotas derretidas en el umbral. 


Después me corté una vena, poniendo rojo sobre el blanco de la nieve. Creo que hoy va a ser un día de recuerdos y despedidas. 

Antes de entrar en Madrid un día laboral y a estas horas, el viajero ha de soportar un atasco, o quizá dos, tan eternos como los movimientos de un ciempiés. Una vez superada la aglomeración toca aparcar, más difícil que nunca hoy, día de partido, de partido importante, o qué cree el lector a qué hemos venido. Humo, choques, policía, prisas, segunda fila, pitidos, asfalto, intermitentes y por fin pongo el pie en una acera gris de Madrid. Madrid de mis amores, casa de acogida de todos los colores. Tu mestizaje siempre recibe con los brazos abiertos. De camino al estadio hacemos parada en todos los bares. Mira, Aquí nos encontramos con unas abuelas, creo que escribiste algo sobre ellas, ¡ah, sí! Sombras en el balcón:

Empezamos en un Madrid castizo
lleno de paseo y abuelitas rezanderas,
con la alegría de un mordisco rojizo
y la intención de dormir en gasolineras. 

La cerveza se derrama en la barra de las tabernas que lindan con el Manzanares, río culebrero y dominical que una vez quisimos atravesar sin pisar un puente. Vendedores clandestinos ofrecen brebajes entre el tumulto, se empiezan a escuchar los primeros cánticos, la palabra remontada, el aire huele a canuto, a lo lejos se ve el fuego de una bengala, los últimos rayos de la tarde son rojiblancos y restallan en las paredes del Vicente Calderón. 

Somos los últimos en entrar, el ruido es atronador, la gente enfebrecida, las gargantas alcoholizadas. Cuántas derrotas lleva a cuestas este Coliseo, cuántas lágrimas se soltaron por estas gradas, cuántas victorias y cuántas alegrías habrán iluminado estos focos. 
Desde luego a mí me dio más sonrisas que tristezas. Más abrazos que distancia. Más versos que victorias. Desde aquí sentimos el orgullo y el sabor amargo de la derrota, desde aquí nos levantamos cuando dicha derrota creía darnos por vencidos. Desde aquí el recuerdo envanece a la palabra, y desde aquí salimos una noche hacia las playas del sur. 

Deja de escribir que hemos marcado gol, ¿no ves a la gente? Un huracán se desata cuando el balón sobrepasa la portería contraria. Abrazos, saltos, gritos, alguien que casi cae encima de los de la fila de abajo, sonrisas, puños en alto. La hinchada se agarra a una histórica remontada y yo no salgo de mi asombro. Pasan unos pocos minutos y el árbitro concede penalti a favor de mi equipo. Yo no miro, que sí, mira, verás como lo metemos. Agarras fuerte mi mano y gol. Más saltos, más gritos, más afonía. Una locura, hasta yo creo en la victoria. Esto ya casi está. ¡Sí se puede! Coreamos al unísono. El sol se despide dejando en el cielo nubes negras que se acercan hacia nosotros. No nos importa, vamos ganando y estamos cerca de pasar a la final. 
A mi izquierda se sienta un viejito que me cuenta que viene desde Jaén con su hijo a ver el partido. Amenaza con su bastón la zona en la que se sienta la hinchada rival. No para de animar y maldecir las jugadas que no son de su agrado. A mi derecha tres chicos jóvenes y camuflados, pues son del equipo contrario, chirrían dientes. 

La esperanza dura poco, a los cuarenta minutos el balón se cuela en nuestra portería. La afición anima más que nunca, aún sabiendo que es imposible la remontada. Bufandas y cánticos al aire, caigamos como se merece. Poco más recuerdo o quiero recordar de la última vez que pisé el Calderón, hubo unos Relámpagos increíbles que iluminaron el cielo del Manzanares, se desató una tormenta atronadora y repentina, primaveral, y aún así seguimos aplaudiendo, cantando, llorando, riendo. 

En el mar hay un puesto, oficial de derrota, es quien se encarga de dirigir el barco cuando hay tormenta y todo está perdido. Eso parecíamos bajo el aguacero, oficiales de la derrota más bella de la noche y sus Relámpagos. Cuando gastamos todos los aplausos nos fuimos empapados a casa. Miro hacia atrás. Paseo de los melancólicos Manzanares, ¡cuánto te quiero!

Saltando los riachuelos de las aceras, con el rojiblanco desteñido en nuestras camisetas, llegamos al coche. Los cristales como acuarelas de huracán, como lágrimas de despedida. Mañana toca madrugar, levantarse de nuevo. Con el sueño cumplido de haber formado parte de la historia del Vicente Calderón. 

Para amenizar el viaje de vuelta y aplacar la resaca que va apareciendo en mi cabeza, recito uno de esos poemas que hice a Madrid. ¡Qué manera de palmar!

POSTAL MADRILEÑA. 

Indulto de amor odio, oso y madroño,
túneles con almas que lleva el diablo,
tan veneno adictivo, tan viejo retoño,
siempre fuiste un "pongamos que hablo". 

Madrid de mis toses furibundas,
de mis zambras borloteras,
lo mejor de las letras inmundas
es el Gijón y sus cigarreras. 

Camino por tus calles mirando edificios,
al fondo la trompeta de un jazz sin aliento. 
El mal menor de los pecados meretricios
fue darme de beber un martes sangriento. 
Fue perder el alma buscando los solsticios
que van desde Tabernillas hasta mi talento. 

Acoges a todos, escritores, músicos, poetas
a los que plagio para poder escribir al menos,
versos faltos de nubes, sobrantes de grietas,
complejos impávidos, relámpagos sin truenos. 

Madrid de mis penas moribundas,
de mis alegrías cabareteras,
lo mejor de las pinturas profundas
es tu Prado y sus hilanderas. 

En una de tus esquinas murió un diabético,
lo dejaste morir cuando fuiste Austria y pregunta. 
Ahora ganas con un equipo llamado Atlético,
que vende colchones en el metro de hora punta. 

Dolor soportable, dulce sinsabor,
nadie más me pilla desnudo. 
No dudes que seré mejor escritor
para volver a ti más a menudo. 

Castellana, Atocha, Gran Vía, Manzanares,
reloj diminuto de una niña que sueña. 
De Madrid al cielo pasando por los bares
donde escribo el delirio de una postal madrileña. 

     Marcos H. Herrero. 

jueves, 20 de abril de 2017

Cosas que aprendimos con el porno.


 - ¿Sabes lo que es una teta?
  - Uy, Sí. 
   The Simpsons. 


Siempre hay un chica ligera de ropa
esperando sola en casa al fontanero. 
Otro polvo conocido como farlopa
retrasa el tierno segundo del te quiero. 

En esta industria se paga por gemido,
aquí la buscona no es tan desorejada,
sólo quiere aparecer en una portada 
de la revista con la que se alivia el salido. 

Los cines X son tugurios de calle estrecha,
donde acude el soltero con gabardina
y la madre luctuosa e insatisfecha
a masturbarse lejos de la cruel rutina. 

Si quieres dedicarte al porno, tus pezones
serán mordidos por ojos ávidos e ilusos,
también has de saber los diferentes usos
de la palabra fuck y sus declinaciones. 

Todo correcto en los primeros planos,
hasta que el marido infiel desenfunda,
provocando el desnudo a dos manos
de la secretaria con garganta profunda. 

Tres mejor que dos, dos peor que uno,
lo que importa es el número y el tamaño,
tú tranquila que con saliva no hace daño
aunque entre en un agujero inoportuno. 

Las mujeres más hábiles hacen ventosa,
y los hombres sobreactúan en los ensayos
como si no fueran a ventilarse a la esposa 
del vecino cornudo vendedor de pararrayos.*

La pornstar traga el blanquecino teorema  
sin leer los efectos secundarios del jarabe,
ya sabemos que en algunas bocas cabe
hasta la escasa calidad de este poema. 

          Marcos H. Herrero. 

jueves, 13 de abril de 2017

A la semana de todo menos santa.


Hice un relato a mis 19, casi no ha llovido, sobre la Semana Santa. He intentado rescatarlo de mis papeles pero posiblemente acabó en la hoguera, me llevo fatal con lo que escribo, en fin, que el relato trataba sobre un personaje que va a la catedral de su ciudad, justo después de estas fiestas, para hablar con una talla de Cristo. El redentor le cuenta que se siente solo, que casi nadie lo visita ya, que después de la pompa y las flores todo acaba. Se queja y maldice de todos los quebradizos cristianos que llevaron a hombros un trozo pesado de madera y ahora olvidan. El prota, después de escuchar las inclemencias, abre la verja de la capilla y le ayuda a escapar. Los dos salen por la puerta del templo dejando atrás el incienso y su dogma innecesario. Y ahí puse la palabra fin. 
Sería un mal texto supongo, y como no doy ni con sus cenizas, he fabricado el poema de abajo. A falta de pan, buenas son tortas. ¿Y esto por qué? Pues porque no aguanto la Semana Santa. La gente peca más, de un modo sibilino, hipócrita. Ese gasto en velas, balcones, vino, cilicios, joyas, lágrimas, me hace vomitar hasta pasada la resurrección de las figuritas de madera policroma, cuando la carne débil de los devotos vuelve a delinquir. 


Suenan campanas sobre los tejados,
el silencio impone su ley en toda la calle,
una puerta se abre, móviles preparados
para grabar hasta el más mínimo detalle. 

Por ahí viene otro Cristo redentor
custodiado por falsos creyentes,
al son monocorde de un tambor,
regala lento absoluciones urgentes. 

Un cofrade penitente arrastra una cadena
para limpiar su alma de vacuos pecados,
luego en casa la virgen de la Macarena
le ayudará a dejar a sus hijos amoratados

Los flashes de la gente de tercera fila,
las saetas a una virgen trasnochada,
el policía registrando otra mochila,
no sea que un talibán explote en la grada. 

Capirotes de colores ruegan clemencia
a Dios para que el orgasmo no sea fingido,
en la cofradía todos saben la penitencia
que esconde Magdalena bajo el vestido. 

Un novio macabro fuera de escena,
lo que no aprende el hinchado recluta 
es que excepto la de los hijos de puta
no hay una muerte que sea buena. 

Si quieres ver y ser visto alquila un balcón,
da rienda suelta a tu caridad cristiana,
y disculpa esta pobre letanía, pero la pasión 
no es morir y resucitar la misma semana. 

Cuando todo termine brindaremos con atavío,
por nuestro afán protagónico y el engaño
que sigue vivo entre el acomodado gentío
que olvida los milagros hasta otro año. 

        Marcos H. Herrero. 

miércoles, 5 de abril de 2017

Mi furia ardiente.



Él queda tendido en la calzada, casi no puede respirar. Yo subo al coche intentando no ponerlo todo perdido. Los nudillos y las botas llenas de sangre que no es mía. Con manos temblorosas llamo a emergencias, al colgar dejo la pantalla del móvil pintada de rojo. Creo que ha tenido suficiente. Si sale de esta no volverá a hacerlo. Mi suela aplasta su cabeza contra el asfalto. Se arrastra por el suelo, va dejando un reguero de sangre. Tiembla. Vuelvo a patearle el estómago, la bilis quema su garganta. Hay una mancha en la entrepierna de su pantalón. Está rendido. ¿Te ha quedado claro hijo de puta? Continúo pegando, mi rabia se desata ante el abuso a los indefensos. Él escupe esquirlas de dientes, sangre densa y negra como la injusticia. Miro hacia arriba, la noche se ha vuelto más oscura, es mi cómplice, tengo su beneplácito para seguir. Ojos de gatos me espían desde la maleza, satisfechos. Mi tibia le hace caer al suelo y retorcerse de dolor. Para, para ya por favor. Tiene la nariz rota y yo apenas entiendo lo que dice. Creo que ni me ha visto la cara, sus ojos están hinchados, mañana no podrá abrirlos, tampoco podrá comer. Oye gritos, blasfemias, una respiración fuerte que se acentúa en las zonas por donde entra el dolor. Intenta defenderse a base de manotazos, quitarme de encima. Su amigo, el que estaba grabando, le ha dejado solo, no hay nadie en la calle. Mi nudillo derecho se hunde en su pómulo una y otra vez, a ratos también el izquierdo, más duro aún, más incontrolable. Estás loco, yo no he hecho nada. Clavo mi furia ardiente en el que todavía permanece en pie. Algo me quema por dentro. Cobarde. Le intento agarrar por la camiseta, él suelta el teléfono y sale corriendo. Logro espetarle el codo en la nariz. Sigue grabando. Voy a por el que se esconde detrás de su móvil. Asustado se toca la nariz, retrocede. Hueso contra hueso. Golpes secos, rápidos, dañinos. Mi nudillo se hunde en su mandíbula. No negocio una palabra. Y tú quién coño eres. Me bajo del coche. En sus caras se refleja la bajeza moral, la falta de escrúpulos y educación, malditos retrasados. Uno de ellos sostiene el móvil, quiere inmortalizar la escena para colgarla en sus redes sociales. Son dos. Aprieto el volante, una furia descomunal se instala en mi nuca. Volviendo a casa lo veo, pateando a un gato callejero, indefenso. 

       Marcos H. Herrero. 

Cuando duermo en tu cama.


 "Ser mal poeta no implica una gran tara."

             FBR.             


Cuando duermo en tu cama
aparece en mis sueños una ciudad de Francia,
siempre ocurre, cierro los ojos y la veo,
lejana, onírica, apacible, trabajosa. 
No es París, no es Marsella,
es una ciudad que huele a norte,
y está cerca de un mar con escarcha. 
Lo sé porque una brisa húmeda 
juega a dejar frío en mis labios. 

Los dos nos perdemos en busca de un hotel,
hay fábricas expulsando humo gris hacia las nubes,
al lado de un río huérfano de peces. 
Llegamos muy temprano, siempre es viernes,
y los niños de la misteriosa ciudad
se dirigen a la escuela con la cabeza gacha,
los ojos escudriñando la pantalla esclavista de sus móviles. 

Yo lo veo todo a través de una ventana sucia de niebla,
la ventana de un taxi onírico, fantasmal,
tú vas a mi lado vistiendo pupilas dilatadas,
pelo alborotado, esperanzas de colores. 
Hablas sobre los museos que vamos a visitar,
estatuas de reyes que murieron en una cama,
como en la que ahora sueño con esta ciudad. 

Tu cámara de fotos va fabricando postales;
un viejo ceniciento que fuma en la puerta de un bar,
una pareja que discute entre el frío de un malentendido,
arquetípico y orgulloso él, invulnerable ella,
el taxista con su mirada sonriente en el retrovisor,
alguien que camina por las viejas vías del tren
mientras un perro cruza lento la carretera. 

No llegamos a ningún lado antes de despertar,
el sol que entra por las rendijas de la persiana,
o tal vez los pasos de una gata en el edredón,
me traen de vuelta a un martes inmisericorde.

Ya desayunando compartiremos sueños,
te hablaré de esta ciudad y este poema,
escribe sobre ello me dirás antes de irte
y dejar en el aire tu perfume sedoso. 

Cuando duermo en tu cama
aparece en mis sueños una ciudad de Francia,
no me preguntes por qué lo sé, quizá 
por la falta de erres sobre el murmullo de la gente,
o por las endebles mesas que burlan al chaparrón 
en las aceras olorosas de los restaurantes.


Casi siempre mis poemas suelen generar en ella una emoción, un sentimiento, un no sé, un escalofrío digamos. Termino de escribir y lo noto en la chispa de sus ojos cuando:

Recítame algo que hayas escrito. 

No te voy a recitar nada, es muy malo esto que he hecho. 

Siempre estás igual, a mí me gusta mucho tu letra y punto. 

Que te guste no significa que sea bueno, de hecho es horroroso, tu opinión no es imparcial, nunca una musa dijo que no le gustara el arte que inspira. 

Con zalamerías de bruja dulce, acaba por convencerme y leo, tímido e inseguro, las palabras que siempre construyo para ella. Al punto final sonríe, aplaude, a veces llora, se paraliza, piensa, regala besos, abrazos, en fin, me obliga a seguir escribiendo para volver a repetir lo mismo. Cada dos o tres poemas o artículos o relatos, dice que ya es hora de hacer el libro, y ahí sí que no, una cosa es un blog y otra las páginas sagradas de algo sagrado para mí. Sin embargo esta vez ha sido diferente, mi numen no ha reído, ni llorado, ni tan siquiera ha expuesto una mueca en su rostro, termino de leer el poema de arriba y nada, pasividad absoluta. Parecía imposible pero he defraudado hasta a la deidad que tanto me inspira, de ahí ese verso de Felipe Benítez Reyes. Así que no me ha quedado otra que reservar dos plazas de un avión barato para llevarla a una ciudad del norte de Francia, quizá haciendo realidad mis escasos sueños ella vuelva a sentir algo por mis textos. Tenía que escribirlo. 

      Marcos H. Herrero. 

domingo, 19 de marzo de 2017

La revolución de los corrientes.



David se levanta lleno de legañas a las 6 de la mañana. Desayuno, ducha rápida, beso a la mujer. Sale de su casa y andando, con frío o calor se dirige a su trabajo. Intenta ser puntual, disciplinado. David trabaja para una gran compañía que no valora su esfuerzo, aguanta a un jefe mediocre y patético, puesto en un despacho por ser hijo o sobrino de tal. David dice a todo que sí, finge un bienestar laboral que no tiene, no alza la voz, no le pagan las horas extra. De vuelta en casa, a veces a las 2 de la tarde, a veces a las 4, David conecta las noticias. En la tele salen unos trabajadores en huelga, que ganan en un mes lo que él en un año, voceando frases prefabricadas como "Ni un paso atrás", para exigir al gobierno unas condiciones laborales óptimas, digamos perfectas. Se le atraganta la comida. Frustración, remordimiento, puño apretado. La comida pasa por su esófago al igual que sus palabras, que nunca saldrán más allá de su boca. Él no es de manifestaciones, ni de slogan, ni de puño en alto, ni de gritos, ni de egoísmo, David, como la gente corriente, lo único que hace es trabajar, trabajar y callar envuelto en una rutina asfixiante. 
El niño corre por el salón y levanta a David de la rabia del telediario. Pobrecillo, piensa, él nunca sabrá lo que es el arribismo, lo poco que consiga le costará demasiado, es hijo de un cualquiera, de un don nadie, nació en la familia equivocada. No corras, dice la madre, deja a tu padre comer a gusto. Por cierto, fui a echar el curriculum a la tienda esa que puso el cartel, me han dicho que ya me llamarán. ¿Cuántas veces habrán oído y pronunciado esa frase? No hay que perder la esperanza. Consuelo tantas veces pronunciado que no vale para nada. De fondo continua el ruido de la tele, sindicatos y patronal. 
La tarde no regala siesta ni juegos a la luz ambarina del otoño, sino más horas extra, esta vez sí, pagadas pero escasas y a destiempo, en un bar del extrarradio. El jefe llamó, hay partido de Champions, me quedaré hasta tarde. Cerveza derramada, gritos, banderas, desprecio. De camino a casa el cansancio le hace pensar en una revolución, una revolución de gente corriente, como él, esos trabajadores que callan y cotizan por míseros sueldos, que viven con el miedo al despido, que luchan en una batalla con olor a sangre y derrota. Recuerda las noticias. Prejubilación, real decreto, huelga. Quizá, se cuestiona, debajo de la máscara de Guy Fawkes hay sueldos con demasiados ceros. 
El hijo de David ya duerme cuando él llega a casa. Después de arroparlo le da un beso en la frente. Su mujer espera para cenar. No me han llamado para ningún curro. Un dolor de fin de jornada sube por la espalda. Pronto será domingo. ¿Sabes? Venía pensando en que si la gente común, como tú y como yo, la gente que trabaja una barbaridad, la que está en el paro, nos uniéramos, conseguiríamos grandes cosas. Anda, calla, vamos a la cama que mañana hay que madrugar, tengo que ir la entrevista de trabajo que te comenté, esa de auxiliar de exposición. Lo digo en serio, podría ser la revolución de la gente corriente, los que estamos hartos de currar, los olvidados, los que levantamos este puto país. David, no me estás haciendo ni caso. Discusión, enfado, malas caras. La aguja del despertador marca el número seis. El botón ya está preparado para su puntual navajazo. David sueña con su pequeño levantamiento, ve a su jefe pateado por las zapatillas desgastadas de los mediocres. El sistema ardiendo en fuegos de artificio con la letra V. Mañana será otro día, muy parecido a hoy. 

       Marcos H. Herrero.