domingo, 19 de marzo de 2017

La revolución de los corrientes.



David se levanta lleno de legañas a las 6 de la mañana. Desayuno, ducha rápida, beso a la mujer. Sale de su casa y andando, con frío o calor se dirige a su trabajo. Intenta ser puntual, disciplinado. David trabaja para una gran compañía que no valora su esfuerzo, aguanta a un jefe mediocre y patético, puesto en un despacho por ser hijo o sobrino de tal. David dice a todo que sí, finge un bienestar laboral que no tiene, no alza la voz, no le pagan las horas extra. De vuelta en casa, a veces a las 2 de la tarde, a veces a las 4, David conecta las noticias. En la tele salen unos trabajadores en huelga, que ganan en un mes lo que él en un año, voceando frases prefabricadas como "Ni un paso atrás", para exigir al gobierno unas condiciones laborales óptimas, digamos perfectas. Se le atraganta la comida. Frustración, remordimiento, puño apretado. La comida pasa por su esófago al igual que sus palabras, que nunca saldrán más allá de su boca. Él no es de manifestaciones, ni de slogan, ni de puño en alto, ni de gritos, ni de egoísmo, David, como la gente corriente, lo único que hace es trabajar, trabajar y callar envuelto en una rutina asfixiante. 
El niño corre por el salón y levanta a David de la rabia del telediario. Pobrecillo, piensa, él nunca sabrá lo que es el arribismo, lo poco que consiga le costará demasiado, es hijo de un cualquiera, de un don nadie, nació en la familia equivocada. No corras, dice la madre, deja a tu padre comer a gusto. Por cierto, fui a echar el curriculum a la tienda esa que puso el cartel, me han dicho que ya me llamarán. ¿Cuántas veces habrán oído y pronunciado esa frase? No hay que perder la esperanza. Consuelo tantas veces pronunciado que no vale para nada. De fondo continua el ruido de la tele, sindicatos y patronal. 
La tarde no regala siesta ni juegos a la luz ambarina del otoño, sino más horas extra, esta vez sí, pagadas pero escasas y a destiempo, en un bar del extrarradio. El jefe llamó, hay partido de Champions, me quedaré hasta tarde. Cerveza derramada, gritos, banderas, desprecio. De camino a casa el cansancio le hace pensar en una revolución, una revolución de gente corriente, como él, esos trabajadores que callan y cotizan por míseros sueldos, que viven con el miedo al despido, que luchan en una batalla con olor a sangre y derrota. Recuerda las noticias. Prejubilación, real decreto, huelga. Quizá, se cuestiona, debajo de la máscara de Guy Fawkes hay sueldos con demasiados ceros. 
El hijo de David ya duerme cuando él llega a casa. Después de arroparlo le da un beso en la frente. Su mujer espera para cenar. No me han llamado para ningún curro. Un dolor de fin de jornada sube por la espalda. Pronto será domingo. ¿Sabes? Venía pensando en que si la gente común, como tú y como yo, la gente que trabaja una barbaridad, la que está en el paro, nos uniéramos, conseguiríamos grandes cosas. Anda, calla, vamos a la cama que mañana hay que madrugar, tengo que ir la entrevista de trabajo que te comenté, esa de auxiliar de exposición. Lo digo en serio, podría ser la revolución de la gente corriente, los que estamos hartos de currar, los olvidados, los que levantamos este puto país. David, no me estás haciendo ni caso. Discusión, enfado, malas caras. La aguja del despertador marca el número seis. El botón ya está preparado para su puntual navajazo. David sueña con su pequeño levantamiento, ve a su jefe pateado por las zapatillas desgastadas de los mediocres. El sistema ardiendo en fuegos de artificio con la letra V. Mañana será otro día, muy parecido a hoy. 

       Marcos H. Herrero. 

domingo, 26 de febrero de 2017

Si tú no fueras tan yo XXXI. Ultimísima entrega.


Desde hace seis meses él no aparece tras la niebla del espejo. 

Me llevaron a especialistas. Decían que hablaba solo, que tenía un problema. 

La cama donde estoy ahora es metálica, fría, terrorífica. Tengo las manos atadas. 

Un hombre famélico y amargado entra en la habitación. Se acerca, lleva implantes mal disimulados en el pelo, mira el suero de un gotero conectado a una vena de mi brazo ¿será suero?

¿Dónde estoy? 

¿No recuerdas nada? 

Mi cara de gilipollas hace que el hombre misterioso siga hablando. 

Te trajeron hace meses. Estás aquí para curar tus problemas. 

¿Problemas?

Extrae de los pies de la cama una carpeta. En la solapa de su bata blanca lleva una placa indentificativa que reza: Tu trabajo. 

Hojea folios garabateados. Gráficos irregulares. 

Según esto tu cabeza no anda muy bien. Has recaído. Te recogieron de la calle, por lo visto hablabas solo, los viandantes se asustaron y llamaron a la policía. Tienes que estar tranquilo, yo soy doctor y voy a poner todo mi empeño en estabilizarte. 

¿Cómo te llamas? 

No te lo puedo decir, ahora estás muy débil y asimilar determinadas tesituras puede hacerte daño. 

¿Cómo salgo de aquí? 

Tienes que recuperarte, aún estás convaleciente, pero saldrás pronto, con el debido tratamiento volverás a ser el de siempre. 

¿Cuál es ese tratamiento?

Te voy a recetar puntualidad, rutina, obediencia. Cuanto más trabajes mejor. Madruga, madruga mucho, eso hará que los síntomas disminuyan. Trágate tus palabras cada hora. No rechistes. Aguanta amenazas. Un poquito más de cobardía no te vendría mal. 

¿De qué coño estás hablando? No quiero hacer eso. 

Sabes perfectamente de lo que hablo, llevas haciéndolo tiempo. Desde hace meses pagas las facturas, la hipoteca, el desastre, eso es bueno. Pero has recaído y no lo puedo permitir. 

De qué coño me hablas. Desátame por favor. 

No voy a desatarte. No, hasta que cambies de vida. Mira las arrugas de mi cara, la falta de sonrisa, mi entrecejo hundido. Esto es lo que quiero para ti. Enfádate, la frustración guiará tu camino. Deja que apriete más tus ataduras. 

El daño se hace casi inaguantable en las muñecas, también en el tobillo. Una lágrima se desliza borracha por mi mejilla. 

Yo no quiero esto. No. No. Necesito una revolución que rompa estas cadenas. 

Eso es intolerable. Piensa en las facturas, en el banquero de la esquina. Todo tiene un precio y tú, como todos, tienes que pasar por caja, medir cada euro, ahorrar para un futuro que no tendrás. Cálmate, lo que te digo es cierto. Los dolores de espalda y de cabeza te recordarán que mi tratamiento da sus frutos. 

Me estás agobiando. No acepto tu tratamiento. Lárgate. Lárgate. 

No olvides mis palabras, al final pasarás por el aro, serás uno más de tantos. 

Que te larges, fuera. Vete. 

Cierro los ojos con fuerza. Oigo un portazo. Noto la presión acumulándose en mi sien izquierda, baja por la espalda, se instala en los riñones, va dejando un reguero de dolor a su paso. Mi vista vuelve a la habitación. Se ha ido, no hay nadie. El silencio calma mis puños, los dedos de mis pies. 
La puerta se vuelve a abrir, despacio. Atisbo tras ella a una tímida mujer que viene hacia mí silenciosa, sonriente. 

He oído un golpe. Ese doctor que acaba de salir es un desquiciado. ¿Estás bien? Deja que desate tus ataduras. 

Tiene los ojos grandes, el pelo color fuego, fuego de una mañana recién nacida. Su piel es lechosa, contrasta con cualquier foco de luz. Parece divertida, sensible. Su bata es azul, diría azul eléctrico pero nunca se me dieron muy bien los colores. 

Siento mucho lo que te están haciendo. Es una injusticia. 

Baja la cabeza, suspira. Sigue hablando. 

¿Tienes frío? Puedo traerte una manta. 

No, gracias, estoy bien, sólo quiero irme de aquí. 

Aún no puedes Marcos, hoy pasarás el día en esta habitación. Ya, ya sé que es tu cumpleaños pero necesitas descansar y darte cuenta de todo lo que estás viviendo. Hacer balance. 

Pasa su mano blanca por mi cara. 

¿Quién eres? 

Antiguamente me llamaban Afrodita, Eros, Cupido, Venus. Ahora ya no tengo ni nombre. 

¿Estás de coña? Me queréis volver loco. 

No, he venido a hablarte del amor, sí eso, creo que ahora me llaman amor. 

Joder. Tú sí que estás loca. 

Quiero que hablemos del mar y sus secretos, de las caricias que pasearon un día por tu piel, de las musas que crees que se marcharon. 

Pues yo no quiero hablar de eso. El mar me cae muy lejos, las caricias están olvidadas y las musas... Digamos que yo nunca estuve con una musa. 

Se sienta a la orilla de la cama. 

¿A quién quieres engañar? Estamos solos, tranquilízate, baja el escudo. Te lo puedes creer o no pero sé muchas cosas, estoy a tu lado cada día, en muchas situaciones y aunque finjas no verme, yo a ti sí te veo. Te veo sufrir, agobiarte y luchar por esas caricias que crees olvidadas. Soy la dueña de tu vida, todo lo que haces lo haces por mí. ¿Qué te ha dicho el doctor, que trabajes, que seas obediente, que pagues las facturas? ¿Y sabes por qué haces eso?

Porque no me queda otra. La sociedad es así, al final tienes que hincar la rodilla y aceptar todas esas situaciones mundanas que juraste y perjuraste no entrarían en tu vida. Yo lo llamo el síndrome de la naranja mecánica. 

Te equivocas. Lo haces por amor, porque quieres que las personas que están contigo sean felices. Luchas, aguantas y maldices por y para las sonrisas de tu gente. Cuidas de un anciano, de los animales, del amor de tu vida. Eso no es vulgaridad, ni mucho menos. Lo que pasa es que lo haces mal, al primero que tienes que querer es a ti, mirar por ti, preocuparte menos de los demás. Entre el tumulto de los días laborables hay una persona que te necesita, tú. 

Eso es muy difícil querida. Tú no eres amor, eres una utopía. 

También me dicen esa palabra. Incrédulos. 

O realistas. Fácil es decirlo pero llevarlo a cabo es otro cantar. Amo muchas cosas, la poesía, la literatura, el cine, la familia, estar con mis amigos, pero después de diez horas de trabajo se hace muy difícil todo eso. 

¿A quién te gustaría parecerte? 

Sabes esas personas que suben fotos a las redes sociales, sonrientes, felices, en lugares exóticos con sus parejas, demostrándole al mundo un amor que no tiene fin, selfies retocados por filtros armoniosos, vivir a través de una pantalla, pues todo lo contrario. 

Eso es lo que quieres. Ser diferente a los demás. 

Regalar una ternura distinta de todo ese paroxismo, pero es casi imposible. 

No te niegues a ti mismo. No hace falta que me mientas. Tú después del trabajo llegas a casa y das un beso a la persona amada, estás con tu familia, lees, escribes. Al único tipo al que no le dedicas tiempo es a ti. ¿Qué harías si pudieras salir de aquí ahora mismo?

¿Qué hora es?

No lo sé, no tengo reloj, supongo que será tarde. 

Pues ir al bar con mis amigos, me están esperando seguramente. 

Eso se llama como yo, amor. 

La puerta se abre estrepitosamente. Un hombre traspasa el umbral tambaleante y despeinado. 

Eso se llama alcoholismo y es lo mejor. Largo de aquí zorra, tú siempre le has traído dolor a Marcos. 

¿Nos estabas espiando detrás de la puerta?

Sí qué pasa. Yo hago lo que me da la gana. 

El hombre, descamisado y hortera, parece borracho. Me mira. 

Hola mi niño, he pasado por el bar y te he traído un par de cervezas frías. Incorpórate, que empieza la juerga. 

No parece borracho, está borracho. 

Y tú, fuera de aquí coño, no te queremos, Marcos sólo necesita un chupito, no patrañas estúpidas. Qué le habrás contad, joder. Milongas de caricias y domingos de sofá, a la mierda, los domingos son para tener resaca. Largo. Por suerte mis licores harán que olvide todas las bobadas que le has metido en la cabeza. 

Ella echa un último vistazo a mi cuerpo malherido y cansado. 

Acuérdate, yo curaré tus heridas. El lunes después de la resaca que dice este verbenero, tus labios rogarán por un beso, tu mano buscará otra mano, y la única que estará contigo seré yo. 

Métete esas gilipolleces por el culo y déjanos solos, él jamás te va a creer. 

Con aire de batalla perdida ella abandona la estancia. No te vayas por favor, quiero seguir hablando contigo. 

Menos mal que ya se ha ido, toma, bebe, es la cerveza que más te gusta. Brindemos. Por el número 31, con todas las noches que hemos pasado juntos nunca pensé que llegarías tan alto. 

La cerveza que me ha puesto en la mano está fría. Me la llevo a la boca, la espuma me hace sentir reconfortado, hablador. Al tercer trago el hombre loco que se pasea haciendo eses por la habitación y contando chistes a las paredes me cae bien, podría ser incluso mi amigo. La quinta anilla que aplasta la hendidura de una lata por la que saldrá cerveza cada vez más rápido hace un sonido delicioso y crujiente. 

Tío, vámonos por ahí a follar, la noche está en aceptable uso. ¿Quién carajos dijo eso?

Ángel González. 

Aaaahhh qué cabrón, no se te escapa ni una. Espera que te desato los tobillos. 

Al acercarse a la cama cae al suelo. Su risa sube en un estruendo alcohólico. No sé por qué pero yo me río también. Trepa a duras penas a la cama. El aliento denota demasiadas noches de jarana. Se tumba medio dormido a mi lado. 

Creo que me he pasado con la tipa esa a la que mandé a tomar por culo. 

Eres demasiado bruto yo creo. Sabes, creo que la echo de menos, era muy guapa y estaba buena. 

Tenía buen culo, pero como esa hay mil, y mejores. ¿Hace un chupito? ¿Qué bebes últimamente? Puedo conseguir lo que quieras. 

Depende de la hora, supongo que ahora mismo cualquier cosa. Cerveza o Vodka o Ron. Si es chupi prefiero hierbas. 

¡Qué bueno eres! Si es que te quiero. 

Yo también te quiero. 

Nuestros efluvios etílicos se mezclan en un abrazo que parece sincero pero que es obra del alcohol. No quiero decir lo que voy a decir, me siento extraño, derrotado tal vez. 

Creo que he fracasado en la vida. Todo lo hice al revés. Puta mierda de vida. Yo sólo quería ser escritor, llevar al papel historias que nadie ha escrito. Sacudirme esta maldita mediocridad, dormir abrazado a musas eclécticas. Y sin embargo aquí estoy, abrazado a ti. 

Estar abrazado a mí es la mejor terapia. 

Reconoce que al final me vuelves un poco depresivo. 

Joder, y qué tipo de ayuda necesitas. 

Me gustaría hablar con él. 

¿Con quién?

Ese que aparecía en el espejo. 

¿Quieres eso, de verdad? Espera, conozco a alguien. Eeeeyyyyy ya puedes pasar. 

La puerta se abre con un viento furioso y espontáneo, tras el cual aparece en escena una vieja que viste de un negro andrajoso. Medio bruja, medio abuela friendo huevos. 

Es una amiga, se llama muerte. 

No hace falta que me presentes, nos conocemos de hace tiempo, Marcos escribe mucho sobre mí, piensa mucho en mí. ¿Verdad?

La poca borrachera que me quedaba se esfuma entre los pómulos marcados de la parca. Mi corazón se acelera. 

No... no esperaba verte por aquí. 

Tanto tiempo que pasamos juntos y aún tiemblas cuando me ves. 

¿Ha llegado ya mi hora?

Todos preguntáis lo mismo, creéis que sólo valgo para deslizaros el dedo por la frente, para apagar vidas. Sirvo para mucho más y tú lo sabes. He venido para que hables con alguien. 

De su túnica zaina saca lenta un pequeño espejo. Me lo planta enfrente de la cara. 

¿Qué ves?

Nada. Ni siquiera mi reflejo, ¿qué intentas mostrarme con tu brujería?

Pasa su mano venosa por el azogue y conforme se retira aparece la silueta de un tipo al que conozco bien. O conocía. Soy el primero en hablar. 

¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Por qué ya no me diriges la palabra?

Lo sabes perfectamente. Eres un vendido, ya no hay poesía en tu noche ni literatura en tu día. Te mueves como uno más de tantos. Callas lo que callan todos, hablas como la mayoría. Te retiré la palabra cuando vendiste tu letra por un sueldo miserable. 

Aquí estamos los cuatro, la muerte, mi alcoholismo, mi alter ego y yo. Ajustándome las cuentas. 

¿Qué querías que hiciera?

Aguantar, seguir escribiendo. Has mentido a todo el mundo, que si habrá libro, que si ahora no. Me dejaste un sabor amargo en la boca. Prometías y te has quedado en eso, una promesa vana que se lleva la corriente. 

Yo no tengo la culpa, hago lo que puedo. Las ideas están pero me falta tiempo para cumplir esas promesas. 

A mí no me puedes llegar un día y decirme que vas a ser escritor y al día siguiente tener miedo al fracaso y volverte lo más mundano posible. 

Subsisto en un mundo hostil, que no es poco. 

Mírate, si hasta tú mismo te llamas mercenario sin vocación. La falta de talento, o mejor dicho, fallar en la búsqueda de ese talento ha hecho que yo desaparezca del espejo. 

Mi miedo al fracaso me lleva a escribir, pero lo único que hago es exponerme más al fracaso. La presión, la falta de tiempo y sueños, la hartura es insondable. 

Eres un adicto a la derrota, quieres ser el vencido antes si quiera de levantarte por la mañana. Desencantado es poco para expresar lo que siento. 

Di lo que sientas, me da igual. 

Pues que te odio, Marcos. Sinceramente, tú ya no eres tan yo. 

       Marcos H. Herrero.

lunes, 20 de febrero de 2017

Pero aquí estás.


Después de trece años vuelvo a la primera cena a la que fui con ella. 

El restaurante se ha vuelto francés, tardío, libertino. 

Sin embargo ella no ha cambiado nada
sigue siendo una chica inocente 
que huele la comida con una sonrisa
baila entre plato y plato
degusta los sabores exóticos 
y me ofrece su mano justo antes
de llevarse el vaso a la boca. 

Yo soy el que ha cambiado
más alcohólico, más fracasado
encerrado en una cárcel de papel
las arrugas denotan cargas lamentables
ya no me río tanto ni hago en exceso el payaso
llego siempre tarde a las citas literarias para con ella. 

Disimulo para que mis taras no se noten mucho
tal vez con esta pose de pícaro vencido
pueda enamorarla como hace años. 

Lo que más cuesta del amor es
volver a besar con la misma ternura
unos labios pretéritos que causaron herida. 

Yo te enseñé la cara amarga de la vida
el cansancio de las tardes obsoletas
una ciudad que anhela tus pasos
un arañazo aséptico en la nuca
la luz parpadeante del neón 
los desvaríos versados
deudas, desastre 
y poco más. 
En cambio tú a mí
me enseñaste museos 
acuarelas, librerías, cultura
besos de chispazos impagables 
una sonrisa para los días nublados
tu pañuelo blanco exigiendo el indulto 
que la vida no es tan amarga a pesar de todo. 

Aún nos queda mucho si tú quieres. 

El tranvía, con su estruendo mecánico 
sus chispas iniciando fuego en el camino
su cambio de vías y su decrepitud 
sigue llevándonos arriba de la ciudad
donde la vista es más fría y más bella
donde el vértigo pide dar un salto mortal 
donde hay un restaurante para celebrar
las caricias acumuladas de los años. 

¿Qué extraña magia ha hecho que acabemos juntos?

Ni el más inconsciente de los mortales habría apostado por nosotros. 

Pero aquí estás. 



      Marcos H. Herrero. 

El diablo (y II).


Ella tenía el pelo color gris lívido, igual que el cielo de una mañana de tormenta, aunque no siempre fue así. Las manos temblorosas, la piel apergaminada, como el papel de las cartas de amor que nunca recibió. En casa vestía batas antiguas, coloridas, que ahora se pudren en el armario de una casa vacía. Ya en la calle lucía blusas elegantes, faldas recatadas. Olía a iglesia y a perfumes barrocos del siglo pasado. Le gustaba bailar y salir a tomar un par de vinos, o quizá tres, cocinar platos calientes para multitudes, juntar baratijas extranjeras sobre la mesa del salón, salir conmigo al parque que había cerca de casa para darle de comer a los patos. Me quería. Me quería mucho, tanto que su mayor deseo era verme convertido en sacerdote. Mi abuela era así, temerosa de truenos, de batallas, de Dios. Alegremente pintada hasta para ir a comprar el pan. Pasó casi toda su vida aguantando a un hombre inaguantable, remendando ropa usada, callando lo que no debía. Los últimos siete años de su vida Jesucristo la postró en una silla de ruedas y no por ello decreció un ápice su sonrisa, su amor al crucificado. Rezaba y rezaba y nunca le sirvió para nada. Cada vez que podía me llevaba a misa para el adoctrinamiento. Recuerdo las vaporosas tardes que pasé arrodillado sobre un trozo de madera barnizada, queriendo entender algo que allí nadie entendía, pues era la capilla de un geriátrico olvidado por el mundo. Persígnate, así, mira. Y cerraba los ojos para dibujar cruces por su frente y su pecho. Hijo, tú de mayor has de ser curita. Yo asentía y preguntaba por qué a mí no me daban la oblea, que tenía hambre. El día de mi primera comunión, después de la misa, me llevaron a su cama, intenté que me reconociera con mi traje barato, dos tallas más grande. Ya era tarde. 

Pocos meses después murió. 

Ya casi convencido, su muerte ahogó más si cabe las ganas de chantarme un alzacuellos, quince años de colegio salesiano fueron sal para una herida que me cerraría las puertas del seminario para siempre, frustrando los sueños de mi abuela. Hoy, que llueve y recapacito sobre estas cosas, creo que no hubiera sido un mal tonsurado. Por la rama del exorcismo eso sí, el diablo me atrae sobremanera. Debe ser edificante, cuanto menos, hablar con ese ángel caído e incomprendido, al que Dios, en un alarde de ira divina despachó al infierno por revolucionario. Emoción y tenebrismo en un mismo sinsentido. Llegar a una casa extraña con la música de Mike Oldfield, quitarte el sombrero lleno de lluvia, calmar a la familia. Menos mal que ha venido padre, se lo muestro. Y que se abra la puerta de una habitación al fondo del pasillo tras la cual habita un demonio haciendo brujería. Salgan inmediatamente, yo me encargo, y bajo ningún concepto hagan caso de lo que escuchen en estas paredes. Como un cruzado sin patria me haría cargo de la bestia. Ni agua bendita, ni crucifijos bendecidos por la franquicia papal, ni Biblia, ni latín. Mi método para expulsar demonios de cuerpos vacuos sería más o menos así: ¿Qué es lo que buscas ente pecaminoso? Vengo a sembrar el caos y la destrucción. Esto ya es un infierno, ¿no estás enterado? Este planeta se va a la mierda por sí solo, mira sino el telediario. Dándole al botoncito rojo del mando a distancia de una tele preparada para la ocasión atiborraría al demonio de noticias terroríficas. Ese del pelo oxigenado es el nuevo presidente de Estados Unidos, odio, controversia, racismo, plutocracia. Vendrán más no te preocupes. Ahí está un hombre que ha matado a su mujer. Cuatro niños le pegan a otro en la puerta de un colegio. La naturaleza se muere. Los animales sufren. Violencia, inseguridad, analfabetismo. Inmigrantes, putas y toreros. Para qué quieres venir al mundo si tu trabajo aquí ya está hecho. Psicología freudiana, barata, real. El demonio volvería a su abismo, acojonado tal vez por un desastre de mundo. La puerta se abre y yo salgo de la habitación acolchada con una niña enclenque entre los brazos, o un niño, dado el caso, que el demonio quiso convertir en Apocalipsis. Entre las lágrimas de la familia desaparezco de escena sin llevarme loas rumbo a un motel sórdido, a esperar otra llamada de la sección más secreta del Vaticano. Fumo junto a la ventana, pecado venial, viendo parpadear el rótulo medio fundido del motel, pensando en demonios, en Relámpagos, en mi abuela, que tanto me quiso, que tanto la quiero. ¡Ay abuelita! Si te enteraras de las bobadas que escribo...

        Marcos H. Herrero. 

lunes, 30 de enero de 2017

El diablo.



Es un cura que abusa impune de un niño,
el político que engaña a sus electores. 
Es una pobre ricachona con armiño,
la polla inmunda e infecta de los violadores. 

No es una niña que se sube por las paredes
insultando a la madre del exorcista pedante,
ni la que se masturba, crucifijo mediante,
mientras vomita verde encima de los deberes. 

Quemó mujeres con excusas de brujas,
sedujo almas nobles para su franquicia,
cornudo compinche de un reloj sin agujas,
estrepitoso silencio frente a la injusticia

Es una cruz de oro y unos testamentos
frente a un presidente que jura el cargo. 
Es el himen encerrado en los conventos
endureciéndose cada día en su letargo. 

No es el exiliado que lanza un escupitajo 
sobre las manos apergaminadas de un abuelo. 
No vive castigando almas dos pisos más abajo,
porque el infierno está en ti y no en el subsuelo. 

Últimamente lo vieron por América 
sentado displicente en el despacho oval,
con pelo oxigenado y alma cadavérica,
con el dedo en el botón que desatará la mundial. 

Es un padre follándose a una puta
que no puede mirarse en el espejo,
es una puta que no pasa minuta
al hijo abandonado con cara de viejo. 

No es un carpintero colgado del revés,
ni el niño que roba gominolas en el quiosco. 
Sólo lo encontrarás desabrochando corsés 
si miras a la derecha de un tríptico del Bosco. 

Por pueblos marítimos lo conocen como Leviatán,
maneja sin patente un buque corsario,
y se ríe a carcajadas de cualquier pelafustán 
que ruega salvación a un Dios imaginario. 

Es cualquier animal muerto en la calzada,
el desahuciado que no tiene para comer. 
Los pecados veniales de la madrugada
son obra del embride y no de Lucifer. 

Es la sangre inocente en las calles de Alepo,
un cornúpeta al que llaman Satanás,
es el cazador que prepara un afilado cepo,
soy yo, si tomo un trago más. 

          Marcos H. Herrero.

sábado, 14 de enero de 2017

Desvaríos de un analfabeto que quiere ser poeta.


Esquivando flechas y breves imposturas
logré rasgar otro año en el calendario,
mi sombrero alzo por dejarme a oscuras 
ante la estrábica puntería del sicario,
que no logró atinarme, allá por el verano,
cuando pude quererme y no quererte. 
Yo, que aburrido en un pupitre Salesiano
cincelé con cúter mi prematura muerte. 

Ya es tarde para dejar un cadaver bello,
para entender que después de tanto,
la vida se vuelve inerme, fugaz destello
que al irse sólo deja desencanto. 
Como el espejo con vaho que encierra
la monotonía de cualquier taquimeca,
como el relámpago que al tocar tierra
inicia fuego de cerilla en hierba seca. 

Ser poeta era sentir lo que nadie sentía,
soltar el piropo sin miedo al bofetón,
hacer caer unas bragas con brujería,
colocarte una bala antigua en el corazón. 
Pero todo eso acabó, ahora la rima comienza
cuando quiere un timador de letra moralina,
el público aplaude lo que a mí me da vergüenza,
aquí ya nadie mezcla lágrimas con gasolina. 

La luna, harta de mentiras, busca cobertizo
sobre las inciertas azoteas escarchadas,
dándoles ese brillo argento y resbaladizo,
ajena al crepúsculo, al oficinista, a tus miradas. 
Y si enero trae quebrantos tardíos 
me encontrarás tirado en la cuneta,
escribiendo insomne los desvaríos 
de un analfabeto que quiere ser poeta. 

       Marcos H. Herrero.

domingo, 13 de noviembre de 2016

El día que murió Leonard Cohen.


El día que murió Leonard Cohen fue un viernes caótico e iracundo,
mis sueños acabaron antes de que sonara el infame despertador,
como un mal augurio, como el rayo lejano que precede a la tormenta;
el desayuno se hizo más amargo, más lagrimeado que de costumbre. 

El día que murió Leonard Cohen vestí una camisa negra
que no me cuidó del gélido rocío y su melancolía,
salí a la calle pisando las hojas crujientes del otoño,
aterido, nostálgico, desangrado. Así que la vida era esto. 

El día que murió Leonard Cohen te llevé tarde al trabajo,
en una ventana se reflejaba el grafito de un retrato,
la acera seguía llena de empujones, alguien me vio pasar 
confundido entre el humo y los pitidos de un atasco. 

El día que murió Leonard Cohen mi teléfono comunicaba
y la tarde bebía café para no anochecer más temprano,
los hoteles que nos refugiaron una vez de la rutina
eran números rojos naufragando en un mar prosaico. 

El día que murió Leonard Cohen una tal Marianne 
lloraba en la tienda de ultramarinos de cualquier isla,
el viento desafinaba guitarras y sombreros a los borrachos
que deambulaban por las calles del Greenwich Village. 

El día que murió Leonard Cohen sonaba de fondo Travelling light
mientras volvíamos a casa y te contaba mis tristezas,
insignificante el mundo quedó huérfano de una voz lorquiana
que acariciará por siempre la derrota de los fracasados. 

     Marcos H. Herrero.